NOCHE CELESTIAL
Al llegar a los cuarenta años... aquí estoy, aburrida, acalorada, sudorosa.
Así me encontraba una noche de agosto en mi cama. Ya estoy de vacaciones. – me
digo – pero, ¿Para qué? Sola y harta de dormitar. Me levanto y voy al baño. Me
miro al espejo y veo la imagen reflejada de una cuarentona divorciada, con la
cara mustia, como diría mi abuela… Me acaricio la barbilla pensativa y ya tengo
la solución. Entro en la ducha, dejando que el agua fresca me moje el pelo, el
jabón me acaricie el cuerpo. En media hora metida en el baño he conseguido que la
imagen de viejuca que veía en el espejo, se convierta en una treintañera. Un
blanco maquillaje hace resaltar mis labios oscuros como la escalera de un
campanario. Solo he necesitado treinta minutos para ver mi cuerpo enfundado en
un vestido ajustado del color de la túnica de un cardenal. Unos toques de
perfume y lista para ir a la discoteca de moda en el puerto. “Celestial” se llama,
imagino que tendrá luces oscuras y la música infernal que me hará tener una
noche única. Yo diría que apocalíptica, tiene que ser mi noche especial, es lo
que busco y deseo.
Los focos gigantes que adornan la entrada de la nueva sala, apuntan al
cielo lleno de nubes. La noche oscura esta matizada por los focos que giran y
giran en el cielo formando un halo de santidad encima del edificio. Nada más
lejos de la realidad.
Me dejan pasar saludándome apenas con un movimiento de cabeza. Las chicas
solas como yo en la noche no tenemos problemas para entrar en los garitos
nocturnos. Me reciben unas luces azules y blancas mientras percibo que el local
está abarrotado. La noche promete regalarme una experiencia religiosa, algo
supremo. En realidad, debo ser sincera conmigo misma. Busco una noche
memorable, un éxtasis comparable a las meditaciones de los monjes en sus
celdas, algo que no pueda olvidar y que al recordarlo me lleve al cielo con los
ángeles.
La gente se apelotona en la pista, sus cuerpos se mueven con ademanes
estudiados, buscando pecar cuanto antes. Vuelvo la mirada y me acerco a la
barra donde una camarera no para de servir copas a los parroquianos sedientos
de alcohol, pecado dulce que si lo tomas con suavidad, notas como crecen alitas
en tu espalda.
La chica me mira y la miro. Morena, ojos pintados de negro, la raya le
llega a las sienes, de su nariz cuelga un diminuto crucifijo que la hace
sumamente interesante, como una catedral gótica. Su ajustada camiseta negra
deja poco a la imaginación con sus agujeros sujetos por tachuelas brillantes.
La pido un “diablillo”, cóctel que me encanta, suelo beberlo poco a poco y sin
parar, de forma que su efecto es inmediato. La luz difuminada que deslumbra la
barra se me hace algo borrosa. Es mí estado perfecto, tal como si meditara en
el claustro de una catedral del siglo XII. Apoyada en la barra con mi
“diablillo” en la mano, siento que alguien me mira intensamente. Nuestras
miradas se cruzan y algo milagroso ocurre en ese momento. La música deja de
entrar en mis oídos, mi cuerpo reacciona como si miles de ángeles me
acariciaran con sus plumas. El tiene un cuerpo que podría crear una apocalipsis
en el mío. Su mirada es dulce y serena como la de un anciano sacerdote, pero no
me engaña. Percibo cierto brillo de deseo oculto tras esos ojos de monaguillo
vestido de negro. .- no me engañas, cielo. Pienso con ganas de acercarme. En
mis labios juguetea una sonrisa pícara. En un segundo, él se acerca a mí, sin
retirar su mirada de mis ojos, transformando esa mirada inocente en deseo,
diablura, ofreciéndome llevarme de la mano hasta las puertas del cielo… o del
infierno.
Se para delante de mí, nuestras miradas están fijas, unidas en un constante
dialogo silencioso. Me tiende la mano, se la doy y tira suavemente de mí. En mi
otra mano llevo mi coctel que apuro de un trago. Suelto el vaso en una
mesa mientras nos dirigimos a una puerta lateral. Entramos en un cuarto
pequeño, huele a incienso litúrgico, me recuerda el olor de la iglesia donde
iba cuando era pequeña. El suave haz de tres velas ilumina el pequeño despacho.
El cierra la puerta sin soltarme la mano. Escucho una suave música. Suena María
Callas cantando “Ave María”, sus manos me acercan a él mientras nuestras bocas
se funden en un beso lento y dulce que va pegando nuestros cuerpos hasta ser
uno solo.
Mis manos acarician sus brazos, mis labios buscan entre su camisa la piel
caliente y se enredan en una imagen de la virgen en oro que lleva al pecho
colgada. María Callas sigue cantando creciendo el tono al mismo tiempo que
nosotros nos entregamos con pasión, dándonos mutuamente el placer que tanto
buscamos y con tanta ansia nos damos.
La Diva llega con su voz a lo más alto de la canción al mismo tiempo que
dos almas gritan en una vorágine de placer, encontrando el punto culminante de
la unión comparable al anunciado Armagedón.
Con un suspiro y ronroneo de gata, salgo del cuarto y me dirijo a la calle.
El aire nocturno del puerto me acaricia el rostro. Estoy feliz. Voy camino a
casa saboreando cada instante de esa experiencia religiosa que algún día
volveré a encontrar. Se aleja el sonido de la música del garito, mientras mis
pasos me llevan al interior de la noche.
Marisa Olmeda 29/12/2015
