viernes, 27 de noviembre de 2015

Corinto

El vómito en el váter decía que se había dejado ganar otra vez.
Las oscuras ojeras decían que el insomnio había ganado otra vez.
Las pastillas decían que la depresión había ganado otra vez.
La cuchilla de afeitar le ofrecía oportunidades.
Llenó la bañera, se desnudó y echó un vistazo a su asquerosa cuerpo.
La cuchilla cortó la fina y pálida piel de sus antebrazos, desde la muñeca hasta el codo.
Su cuerpo se debilitaba, pero su voluntad se mantenía firme.
La cabeza giró y el brazo ardió.

Los ojos se cerraron y, por primera vez, se dejó llevar.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Maldición

¿Por qué lo hacen? A través del humo veo un gran gentío, todos señalándome y condenándome. Entre la multitud distingo amigos y vecinos. Los cuales haces unos días me buscaban para que usara mis ungüentos y habilidades y así poder quitarles los males que padecían. Y así me lo premian, siendo mis delatores y mis verdugos. El fuego empieza a desgarrarme la piel, el dolor es insoportable y mis pensamientos se empiezan a desvanecer. Dirijo fijamente mi mirada a aquellos hipócritas y malnacidos, algunos se asuntan pensado que le maldeciré o algo peor, y pienso para mis adentros, ojala pudiera hacerlo.

martes, 17 de noviembre de 2015

LOS ECOS DEL PASADO....

.- ¿Leo, dices? ¿Cómo que Leo? ¡Te llamas Leopoldo!, como tu padre, como tu abuelo. Y en esta familia no hay maricones, ¿has entendido?. Sal por esa puerta. Yo ya no tengo hijo.

Mi mano huesuda y vieja agarra la reja oxidada de la ventana sin dueño. Desde la calle Me se asomo al interior. Ya no es una casa. No tiene tejado, ni paredes. Sólo unos deshechos muros de piedra casi vencidos a ras del suelo. No hay puerta, ni madera que tape el vano de la ventana, ni brasero que caliente su interior. Ahora la hierba es la alfombra sobre la que he jugado de niño. 
Esa alfombra gastada que manché sin querer con el primer estallido del  deseo. 

Pegada mi nariz y toda mi cara vieja al hueco de la ventana, mis ojos, ahora sabios y cansados, vuelven a esta morada de la calle Ave María.

Aquella tarde Angelito y yo nos buscamos. Era otoño y las mujeres y hombres del pueblo aún se doblaban sacando piedras a unos cuantos kilómetros, donde se construía la presa. Teníamos catorce años y desde los doce nuestra relación se había estrechado de un modo poco usual, hacia una irresistible atracción física que nos hacía necesitar del sacramento de la confesión día sí, día no. Pero estábamos cansados de esperar.

Se tocaron tímidos, solos en la casa. Se desnudaron, se estudiaron y se amaron sobre la alfombra gastada, junto a las faldas de la mesa camilla y bajo las miradas de todos los retratos que colgaban de la pared. Se amaron casi sin luz, escondidos tras el olor a campo húmedo y a estiércol, agazapados en el silencio de un pueblo que seguía trabajando en la presa hasta caer el sol. Era un otoño frio, pero se daban calor con sus cuerpos templados y sus sonrisas de triunfo.

La puerta se abrió y mi padre se nos echó encima. Sus manos grandes barrieron con furia los cuerpos desnudos y ya impuros. Angelito recogió sus ropas y salió a patadas a la calle desierta sin saber cómo detener a mi padre. Angelito, desnudo, miró desde fuera por la misma ventana por la que yo miro ahora, asida mi mano vieja a los barrotes oxidados.

Fue la deshonra la que me sacó del pueblo aquella tarde de otoño, hace cincuenta años. Y ahora, muerto mi padre, he querido volver. Ahora el pueblo, sumergido bajo las aguas, guarda silencio. El cielo plomizo se refleja en el pantano y las piedras campan a su antojo por las pocas calles que se han librado de la inundación. En una de esas calles, la calla Ave María, perdí mi inocencia y según mi padre, la honra de la familia. 

Todo ha quedado en secreto tras la ventana a la que ahora asomo mi cara vieja, mi vida pasada con la que por fin me reconcilio.

.- ¡Leo!.-oigo a mi espalda.
A cien metros, en el coche, Ángel me espera… 

2015
TITANIA HIELORROJO


domingo, 15 de noviembre de 2015

DESDE LEJOS 





Mis demoledores quince años no me dieron ni un respiro desde el mismo momento que soplé las velas de mi tarta.

Un alboroto a mi alrededor lleno de besos, abrazos y risas me recordó de repente que de los catorce a los quince años habían pasado solo las tres horas que había logrado conciliar el sueño.

Tenía tantas ganas de cumplirlos que cuando se acercaba el día, no podía dormir bien. Él me decía que yo era “una niña” y que solo cuando tuviera quince años, podría pararse y hablar conmigo, hacernos amigos.

Y por fin ese día había llegado. Mis amigas y yo nos comimos la tarta y comenzamos a dar chupitos a una botella de vozka, “a pelo”… Uff…. El resto que recuerdo es mi cabeza bajo la ducha de agua fría y a mis amigas diciéndome que me espabilara, ya que mis padres regresarían pronto.

Al día siguiente, con un horrendo dolor de cabeza, mi carpeta abrazada fuertemente a mi pecho de camino al instituto, con mis pasos vacilantes por la mala noche pasada, me lo encontré donde todos los días.

Rubio, deportista, corriendo en el campo que yo atravesaba a diario y que me paraba sin darme cuenta a observarle. Llevaba una camiseta de tirantes, donde no dejaba nada para poder soñar, sus musculosos pectorales asomaban por los laterales, sus hombros y brazos sudorosos brillaban con el esfuerzo…

La timidez e inocencia de mis recién estrenados quince años no me permitió mirar más abajo ya que mi corazón comenzó a palpitar desenfrenadamente. Caminé unos pasos y de repente él se puso delante de mí. Miré sus deportivas llenas de polvo. Una voz jadeante me dijo: - Hola Carla, feliz cumpleaños…

Mi cuerpo tembló al escucharle y no pude levantar la cabeza, solo podía mirar las deportivas, sus cordones bien atados, una pequeña muesca en la derecha, quizás se había pillado con la escalera mecánica del metro como me pasó a mí en una ocasión.

.- ¿No me vas a contestar Carla? Preguntó con su voz varonil. Su voz. Madre mía.

¿Qué hacía yo ahí parada, temblando de amor por un tío de veinte años, tres meses siendo observado por mi todos los días, desde la terraza de mi casa, suspirando por él, viendo como el viento agitaba su melena rubia, como en los días de lluvia, su cuerpo mojado ni se inmutaba al pisar los charcos… y ahora lo tenía ante mi preocupado por mi estado? No entendía nada, estaba bloqueada.

.- Carla, tu amiga Ana me ha dicho que ayer fue tu cumpleaños, ya tienes quince años, por eso me he acercado y te he saludado. Su tono era condescendiente y un poco pedante.

El sentimiento que sentí al escuchar sus palabras fue como un remolino que comenzó a subir por mis pies y se enredó por mis piernas hacia mi cuerpo. Esa energía que me inundaba estaba llena de sentimientos contradictorios.

El tono de voz era, era… no me lo esperaba así, condescendiente, altanero, pedante, y al mismo tiempo yo sentía una combinación de amor, rabia, impotencia y confusión. Pudo mi explosión de carácter. Subí la cabeza lentamente y le mire a los ojos fijamente. Aun no sé al día de hoy lo que vio en ellos pero su mirada cambio. De mi voz salió:

.- Hola Javi, es muy considerado de tu parte que me felicites cuando haya pasado el tiempo que marcaste para hablarme. Recuerdo perfectamente tus palabras – “eres muy jovencita, nena, cuando cumplas quince años, hablamos”. Recuerdo ese momento claramente, solo me acerque a saludarte porque te adoraba, el vecino de mi amiga Ana, ella de dieciséis años, mi amiga “mayor”…en fin, Javi, pues creo que he crecido a lo bestia y ahora voy a decirte una cosa, escucha atentamente…. Me hablarás si es tu deseo el día de mi treinta cumpleaños, antes no, ya que estaré en proceso de maduración, de “vivir”.



.- Adiós, Javi….

jueves, 12 de noviembre de 2015

CUANDO ESCRIBES

Cuando escribes

Cuando escribes
te exibes
impudicamente,
sin vergüenza,
sin fisuras.
Cuando escribes
te muestras
a personas
que no conoces
y que
probablemente
nunca conocerás.
Cuando escribes
tu cerebro
se relaja
y se abre a mundos
que ni siquiera
soñaste
que podrían estar
dentro de ti.
Cuando escribes
muestras
tu alma
sin tapujos
a todo aquel
que la quiera mirar.
Cuando escribes
eres un ser humano
más libre.
Y se acaba
convirtiendo
en la única
manera
en que concives
el mundo,
y en la única
manera
que tienes
de vivir.

Carlos Rodrigo Cristóbal
13.11.2015

COMPETENCIA LEAL




No me has dejado dormir esta noche, chucho. Tus ansias de cariño y tus celos a la gatita me han robado horas preciosas de mi descanso. Y ahora siento rabia por no haberte castigado, cerrado la puerta de la terraza donde deberías estar.
¡qué maldita obsesión tienes Tyson con Lunita!. - Ellos son mi enorme pastor alemán y mi pequeña gata negra. Mi gato gris Miu se mantiene y le mantienen al margen de esto.

Ella y yo nos adoramos mutuamente, es mi niña, soy su mamá ya que la he criado desde que tenia un escaso mes de vida. Duerme en un lado de mi cuello. Todas las noches necesita demostrarme su cariño "mamando" de mi lóbulo de la oreja. Suelen hacerlo los gatitos adoptados demasiado pronto de sus mamis. 

Tyson ha tenido una dura vida en sus cinco años. Le adoptamos el año pasado, casi le arrancamos de los brazos de un desgraciado que le tuvo desde que nació para las peleas entre perros. Su entrenamiento fue siempre agresiones a perros, golpes con palos, patadas, puñetazos, días sin comer encerrado en lugares claustrofobicos.

Hasta que mi hijo pequeño me rogó una tarde que lo adoptáramos o le sacrificarían ese mismo día. Su propio dueño se había cansado de el. Ya no le servia.
Yo le tenia miedo al principio, era un perro "raro". Se quedaba mirando al infinito sentado en el patio y cuando mi hijo le iba a sacar a pasear, lloraba y aullaba, no sabíamos si de alegría o de terror. No entendía nada, pero con cariño me fui acercando a el. Todos fuimos acercándonos a el y descubrimos un perro fiel, cariñoso, juguetón y divertido.

Han pasado 17 meses desde entonces y apenas quedan rastros del que fue. Ahora solo espera con un poco de impaciencia a que le pongan el bozal para salir a la calle. Solo será hasta que comprenda, si algún día puede hacerlo, que los demás perros no son para peleas.

Con los humanos es noble y cariñoso. Con los niños, adorable. Conmigo super protector y excesivamente exigente con el cariño. lunita es su competencia mas directa. Tienen una competencia que se vive día a día. Se miran desafiantes a través del cristal de la terraza. Se miran a los ojos, ella protegida y altanera, el desesperado y frustrado.

Cuando miro sus cicatrices en el cuerpo, mordiscos de otros perros, la tristeza me inunda, pero le miro a los ojos, esa mirada noble que me devuelve con tanto cariño que me hace quererle aun mas.
El tiene su lugar. Ha terminado su viaje. Ha llegado a casa.

                                                                               Marissa  Olm    10/11/2015

EL FRIO QUE VIENE

Foto MBReig


Pepón le contó un chiste a Jonás, el loro del Hostal San Martín, a ver si el bicho de plumas verdes hacía el favor de reírse de una puñetera vez. El loro le miró impasible, camuflados sus ojos tras el antifaz de plumas negras. Ni siquiera se columpió un poco dentro de su jaula.

Iratxe, la vasca que regentaba el hostal, le dijo:

.- Pero mira que eres pardal, Pepón. Y deja de beber que esta noche tienes que pingar el mayo”. A lo que Pepón le contestó con arrogancia:
.- Esta noche voy a dejar el mayo más tieso que mi carallo.

Y con esa chulería salió Pepón por la puerta haciendo un corte de mangas al Loro Jonás.

El sol se puso y se nos echó encima el frio. El frio de Soria no es un frio cualquiera. Y el frio del pueblo es todavía menos tratable que el de la ciudad. Las casonas de piedra, las calles vacías y el río cercano se vuelven escarcha y silencio cuando el sol se va. Se encienden las luces, escasas y tenues y el olor a leña delata los fuegos que ya van ardiendo tras las fachadas. En lo alto y sobre la silueta recortada de los montes, asomaron las estrellas. Y es que en las noches claras el frio es más mucho más frio. Las pisadas se amortiguan y el pueblo se vacía de sonidos. Sólo cada media hora la campana pone nombre al correr del tiempo: La media, las nueve. La media, las diez. A las diez el chucho tunante regresa de sus correrías, huyendo, como buen entendido, del frio que viene. Y ni siquiera hace intención de olfatearnos. Pasa a nuestro lado y se pierde al doblar la esquina buscando la mano mimosa y caliente que le perdone sus golferías. En invierno, también a los perros tunantes les puede el frio. A las diez es hora de volver.

Ya casi en la puerta del hostal nos arrebujamos en los abrigos y echamos el último vistazo a la oscuridad y al silencio. Llenamos los pulmones de aire limpio, que oxigena y rejuvenece. ¿Verdad que con el frio parezco más joven?. A mi pregunta él sonríe y dice “sí”.

Pepón está de nuevo en el hostal. Más cargado de chulería y de alcohol. Insiste con la copa en la mano alrededor de la jaula de Jonás. Y el loro le mira impasible tras los barrotes. Pepón nos mira y nos dice:
.- A la una pingamos el mayo. No os lo perdáis. Y vuelve a salir por la puerta haciendo un corte de mangas al loro.
Iratexe, la vasca que regenta el hostal junto con su marido, Jordán, experto micólogo, nos dice;
.- No le hagáis ni caso. Hace unos años se intoxicó con una parietaria y desde entonces las pocas luces que tiene se le han apago del todo.

La campana volvió a sonar rompiendo el silencio de la madrugada. A lo lejos se escucha un murmullo que se acerca y que se va convirtiendo en algarabía. El grupo de mozos y mozas, seguido por los curiosos que aguantaron hasta esa hora, van llegando hasta la puerta del hostal. Sobre sus hombros llevan un tronco de pino. Largo, esbelto y recto. Es el mayo.  El hostal está junto a la iglesia y justo delante hay una cruz. Al lado de la cruz, en el suelo de piedra,  hay una argolla. Los mozos tiran de ella y sacan un pesado taco de madera que deja ver un hueco en el que se colocará el mayo y se apuntalará para que quede completamente vertical. Sus dieciséis metros de altura más tiesos que el carallo de Pepón.

Por la calle se ve venir otro grupo cargado de estacas. Entre ellos va Pepón borracho como una cuba. Se acerca al agujero y sujeta el mayo tambaleante. Hace frío. No un frio cualquiera. Un frio que amenaza de muerte. Pepón empuja el tronco. Grita más chulo que nadie que él solo puede enderezar el mayo. Pierde el equilibrio. El mayo le golpea la cabeza y Pepón cae contra la fría piedra del suelo. El alma de Pepón se enfria. Pepón muere en la noche fría. Se vuelve a hacer el silencio. No un silencio cualquiera, sino el definitivo silencio. El de la fría muerte. Y por fin el loro Jonás se ríe de la chistosa muerte de Pepón.


10.11.2015
por Titania Hielorrojo

SUEÑOS FUGIT

SUEÑOS FUGIT
J.C.SANCHEZ
Como si de un personaje de novela de ciencia ficción se tratara, apareció de repente en una de las calles empedradas y blancas del pueblo de su madre.
La casa familiar, dónde había pasado algunos veranos de la infancia, ya no estaba.
Su primo mayor, aquel que le acompañó en las risas y los juegos de quien explora la vida por vez primera, el que le llevó de la mano por los amores juveniles, los besos a escondidas con las chicas del pueblo, aquel con el que sin saber muy bien cómo ni por qué acabó peleado por las gerencias familiares de sus padres, se la compró a su abuela dos semanas antes de que esta muriera para derruirla y construir una enorme casa de recreo con salida a dos calles.
El sol resaltaba sus ropas blancas, bajo las que el pecho palpitaba confuso ante la expectación que suponía encontrarse allí de nuevo.
El resto de sus primos, fumaban en la puerta, hablando entre ellos, y pararon de forma súbita al verle aparecer. Sus tíos le besaron, invitándole a pasar, el desconcierto iba en aumento, el silencio casi podía masticarse a pesar de que todo le indicaba a su alrededor un gran bullicio de conversaciones.
¾   ¿Qué pasa? –atinó a preguntar.
¾   ¿No lo sabes? José se muere –le contestó su madre de repente, provocando un gesto de contrariedad en su rostro.
Precipitado, deambuló por el interior de la casa buscando la habitación donde se suponía que debía estar aquel compañero antiguo, aquel confidente familiar, aquel amigo, en una casa completamente desconocida ya para él.
Abrió temeroso, con los ojos al borde de las lágrimas, la puerta, y en su interior una corte de plañideras encabezada por la madre de su primo, escoltada por su abuela y tías fallecidas mucho antes, le invitaron a pasar.
Sus ojos en ese momento ya eran un mar de lágrimas imposibles de contener. El cuerpo envuelto entre las sábanas rodeado de cables y conectado a un máquina que media sus constantes vitales, se giró al ser consciente de su presencia.

¾   Primo, ¿eres tu? –preguntó con tono incrédulo- ¡Has venido, al final has venido! –gritó incorporándose de la cama con dificultad, tornando la cara macilenta en una resplandeciente sonrisa. Una sonrisa, que acabó por derrumbarle definitivamente al percatarse de que esa cara, era la cara de su primo, de su amigo de la infancia. 
   Y esa sonrisa, el signo de que nada había cambiado entre los dos, aunque todo hubiese cambiado.