DESDE LEJOS
Mis demoledores quince años no me dieron ni un respiro desde el mismo momento que soplé las velas de mi tarta.
Un alboroto a mi alrededor lleno de besos, abrazos y risas me recordó de repente que de los catorce a los quince años habían pasado solo las tres horas que había logrado conciliar el sueño.
Tenía tantas ganas de cumplirlos que cuando se acercaba el día, no podía dormir bien. Él me decía que yo era “una niña” y que solo cuando tuviera quince años, podría pararse y hablar conmigo, hacernos amigos.
Y por fin ese día había llegado. Mis amigas y yo nos comimos la tarta y comenzamos a dar chupitos a una botella de vozka, “a pelo”… Uff…. El resto que recuerdo es mi cabeza bajo la ducha de agua fría y a mis amigas diciéndome que me espabilara, ya que mis padres regresarían pronto.
Al día siguiente, con un horrendo dolor de cabeza, mi carpeta abrazada fuertemente a mi pecho de camino al instituto, con mis pasos vacilantes por la mala noche pasada, me lo encontré donde todos los días.
Rubio, deportista, corriendo en el campo que yo atravesaba a diario y que me paraba sin darme cuenta a observarle. Llevaba una camiseta de tirantes, donde no dejaba nada para poder soñar, sus musculosos pectorales asomaban por los laterales, sus hombros y brazos sudorosos brillaban con el esfuerzo…
La timidez e inocencia de mis recién estrenados quince años no me permitió mirar más abajo ya que mi corazón comenzó a palpitar desenfrenadamente. Caminé unos pasos y de repente él se puso delante de mí. Miré sus deportivas llenas de polvo. Una voz jadeante me dijo: - Hola Carla, feliz cumpleaños…
Mi cuerpo tembló al escucharle y no pude levantar la cabeza, solo podía mirar las deportivas, sus cordones bien atados, una pequeña muesca en la derecha, quizás se había pillado con la escalera mecánica del metro como me pasó a mí en una ocasión.
.- ¿No me vas a contestar Carla? Preguntó con su voz varonil. Su voz. Madre mía.
¿Qué hacía yo ahí parada, temblando de amor por un tío de veinte años, tres meses siendo observado por mi todos los días, desde la terraza de mi casa, suspirando por él, viendo como el viento agitaba su melena rubia, como en los días de lluvia, su cuerpo mojado ni se inmutaba al pisar los charcos… y ahora lo tenía ante mi preocupado por mi estado? No entendía nada, estaba bloqueada.
.- Carla, tu amiga Ana me ha dicho que ayer fue tu cumpleaños, ya tienes quince años, por eso me he acercado y te he saludado. Su tono era condescendiente y un poco pedante.
El sentimiento que sentí al escuchar sus palabras fue como un remolino que comenzó a subir por mis pies y se enredó por mis piernas hacia mi cuerpo. Esa energía que me inundaba estaba llena de sentimientos contradictorios.
El tono de voz era, era… no me lo esperaba así, condescendiente, altanero, pedante, y al mismo tiempo yo sentía una combinación de amor, rabia, impotencia y confusión. Pudo mi explosión de carácter. Subí la cabeza lentamente y le mire a los ojos fijamente. Aun no sé al día de hoy lo que vio en ellos pero su mirada cambio. De mi voz salió:
.- Hola Javi, es muy considerado de tu parte que me felicites cuando haya pasado el tiempo que marcaste para hablarme. Recuerdo perfectamente tus palabras – “eres muy jovencita, nena, cuando cumplas quince años, hablamos”. Recuerdo ese momento claramente, solo me acerque a saludarte porque te adoraba, el vecino de mi amiga Ana, ella de dieciséis años, mi amiga “mayor”…en fin, Javi, pues creo que he crecido a lo bestia y ahora voy a decirte una cosa, escucha atentamente…. Me hablarás si es tu deseo el día de mi treinta cumpleaños, antes no, ya que estaré en proceso de maduración, de “vivir”.
.- Adiós, Javi….

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