jueves, 12 de noviembre de 2015

SUEÑOS FUGIT

SUEÑOS FUGIT
J.C.SANCHEZ
Como si de un personaje de novela de ciencia ficción se tratara, apareció de repente en una de las calles empedradas y blancas del pueblo de su madre.
La casa familiar, dónde había pasado algunos veranos de la infancia, ya no estaba.
Su primo mayor, aquel que le acompañó en las risas y los juegos de quien explora la vida por vez primera, el que le llevó de la mano por los amores juveniles, los besos a escondidas con las chicas del pueblo, aquel con el que sin saber muy bien cómo ni por qué acabó peleado por las gerencias familiares de sus padres, se la compró a su abuela dos semanas antes de que esta muriera para derruirla y construir una enorme casa de recreo con salida a dos calles.
El sol resaltaba sus ropas blancas, bajo las que el pecho palpitaba confuso ante la expectación que suponía encontrarse allí de nuevo.
El resto de sus primos, fumaban en la puerta, hablando entre ellos, y pararon de forma súbita al verle aparecer. Sus tíos le besaron, invitándole a pasar, el desconcierto iba en aumento, el silencio casi podía masticarse a pesar de que todo le indicaba a su alrededor un gran bullicio de conversaciones.
¾   ¿Qué pasa? –atinó a preguntar.
¾   ¿No lo sabes? José se muere –le contestó su madre de repente, provocando un gesto de contrariedad en su rostro.
Precipitado, deambuló por el interior de la casa buscando la habitación donde se suponía que debía estar aquel compañero antiguo, aquel confidente familiar, aquel amigo, en una casa completamente desconocida ya para él.
Abrió temeroso, con los ojos al borde de las lágrimas, la puerta, y en su interior una corte de plañideras encabezada por la madre de su primo, escoltada por su abuela y tías fallecidas mucho antes, le invitaron a pasar.
Sus ojos en ese momento ya eran un mar de lágrimas imposibles de contener. El cuerpo envuelto entre las sábanas rodeado de cables y conectado a un máquina que media sus constantes vitales, se giró al ser consciente de su presencia.

¾   Primo, ¿eres tu? –preguntó con tono incrédulo- ¡Has venido, al final has venido! –gritó incorporándose de la cama con dificultad, tornando la cara macilenta en una resplandeciente sonrisa. Una sonrisa, que acabó por derrumbarle definitivamente al percatarse de que esa cara, era la cara de su primo, de su amigo de la infancia. 
   Y esa sonrisa, el signo de que nada había cambiado entre los dos, aunque todo hubiese cambiado.

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