SUEÑOS FUGIT
J.C.SANCHEZ
Como si de un personaje de novela de ciencia ficción se
tratara, apareció de repente en una de las calles empedradas y blancas del
pueblo de su madre.
La casa familiar, dónde había pasado algunos veranos de la
infancia, ya no estaba.
Su primo mayor, aquel que le acompañó en las risas y los
juegos de quien explora la vida por vez primera, el que le llevó de la mano por
los amores juveniles, los besos a escondidas con las chicas del pueblo, aquel
con el que sin saber muy bien cómo ni por qué acabó peleado por las gerencias
familiares de sus padres, se la compró a su abuela dos semanas antes de que
esta muriera para derruirla y construir una enorme casa de recreo con salida a
dos calles.
El sol resaltaba sus ropas blancas, bajo las que el pecho
palpitaba confuso ante la expectación que suponía encontrarse allí de nuevo.
El resto de sus primos, fumaban en la puerta, hablando entre
ellos, y pararon de forma súbita al verle aparecer. Sus tíos le besaron,
invitándole a pasar, el desconcierto iba en aumento, el silencio casi podía
masticarse a pesar de que todo le indicaba a su alrededor un gran bullicio de
conversaciones.
¾
¿Qué pasa? –atinó a preguntar.
¾
¿No lo sabes? José se muere –le
contestó su madre de repente, provocando un gesto de contrariedad en su rostro.
Precipitado, deambuló por el interior de la casa buscando la
habitación donde se suponía que debía estar aquel compañero antiguo, aquel
confidente familiar, aquel amigo, en una casa completamente desconocida ya para
él.
Abrió temeroso, con los ojos al borde de las lágrimas, la
puerta, y en su interior una corte de plañideras encabezada por la madre de su
primo, escoltada por su abuela y tías fallecidas mucho antes, le invitaron a
pasar.
Sus ojos en ese momento ya eran un mar de lágrimas
imposibles de contener. El cuerpo envuelto entre las sábanas rodeado de cables
y conectado a un máquina que media sus constantes vitales, se giró al ser
consciente de su presencia.
¾
Primo, ¿eres tu? –preguntó con tono
incrédulo- ¡Has venido, al final has venido! –gritó incorporándose de la cama con dificultad, tornando la cara macilenta en una resplandeciente
sonrisa. Una sonrisa, que acabó por derrumbarle definitivamente al percatarse de que esa cara,
era la cara de su primo, de su amigo de la infancia.
Y esa sonrisa, el signo de
que nada había cambiado entre los dos, aunque todo hubiese cambiado.
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